miércoles, 7 de mayo de 2008

Hacia una propuesta sanadora

Por José Rodríguez
(Círculo de Reeducación y Sanación, R. D.)
con la colaboración de
Diana Ciprián
de Centro Abierto, Clínica de Medicina Holística
Coordinadora de la Comunidad de Vida Solidaria, México.


A la mayoría de nosotros nos falta valor cuando se trata de hacernos cargo de la propia salud. Hemos llegado a adultos esperando que una figura de autoridad nos recete un milagro.

¿Tiene una…? Hay muchísimos antibióticos que más rápido que inmediatamente te devuelven la salud.

Sin ningún discernimiento aceptamos ciegamente estas maravillas tecnológicas. Los pacientes se hicieron más pacientes, como entes pasivos y los médicos más prácticos, más hábiles en recetar que en curar, sanar y educar.

El ser humano ha enfermado porque ha roto con los referenciales que fundamentan su identidad. Sin una comprensión de las circunstancias y sus sincronías la vida es muy difícil. La existencia nos depara experiencias nuevas a cada momento, pero nos encerramos en programaciones psicosociales que nos llevan a reaccionar con respuestas viejas. Así asfixiamos y matamos el potencial de cambio que contiene cada situación.

Entonces, de descuido en descuido, terminamos afiliándonos a la mayoría para sentirnos normales y así tratar de formar parte de la sociedad actual, dedicando toda la vida a dar plenitud a las necesidades físicas (muchas creadas artificialmente), invirtiendo poco o nada de tiempo en las energías esenciales que constituyen la base de la presencia del ser humano en la Tierra.

Esto trastorna nuestra naturaleza y evolución, hasta hacernos perder nuestras facultades autorreguladoras de especie, por eso enfermamos cada vez más y se hace cada día más difícil la convivencia pacífica entre nosotros. En esa dramática marcha hacia el autoaniquilamiento, olvidamos nuestra esencia solidaria, pues para vivir dependemos de nuestro prójimo y de otros seres: plantas, animales, agua, aire, tierra.


En nuestro diario vivir nuestra vitalidad se pierde, porque la vida deja de ser el escenario natural para practicar y realizar nuestra humanidad. Es decir, lo que somos y sentimos. Eso es así porque actuamos en función de conveniencias pasajeras.

Olvidamos, como nos dice el reputado profesor e investigador médico David Servan-Schriber: “Este sentido que se encuentra en la relación con los demás no es un dictado de la cultura o de la moral social. Es una necesidad del propio cerebro; así en los últimos treinta años, la sociobiología ha demostrado que nuestros genes son altruistas. La dedicación hacia los demás y la paz interior que obtenemos de ello forman parte de nuestra factoría genética. De repente, no resulta extraño hallar este altruismo en todas las grandes tradiciones espirituales”. Pág. 243 de su libro “Curación emocional”.

Y así, existencialmente sofocados por tanto negar nuestro ideal natural de vida, renunciamos a nuestro ser. Eso nos envuelve en contradicciones que generan estrés y una pérdida de paz interior que jamás recompensamos entregándonos a la ley de oferta y demanda de la sociedad, ni con la obtención de lo que ofrecen sus convencionalismos.



Bajo el peso de ese irrespeto a sí mismo comenzamos a comprar y a ser comprados. Alienados y sin la fuerza del discernimiento quedamos secuestrados por una programación que nos roba el sentido trascendental de vida para caer en la inmensa patología del dinero, del poder, el placer y el éxito.

Todos estamos enfermos porque hemos aceptado un modo de vivir en el que todo es producto del dinero, la violencia, la influencia y el poder… Esa forma de vivir es enferma y enfermante. Desde muy temprana edad se nos orienta hacía esta sicopatología social ¡como si no existiera otra forma de vivir y de ser!




El primer mundo, una sociedad que se expresa como única y hasta se hace llamar sociedad del bienestar, es el espejo en que quieren que uno se vea. ¿Seguiremos haciendo fila para poder vernos en su espejo?

El advenimiento del hombre económico nos está impidiendo ser. Se alimenta de las personas y de los pueblos, en la medida en la que estos renuncian a construirse a sí mismos y se dejan someter y deshumanizar por un sistema de poder mucho más grande que ellos y que su voluntad.

Pero, como dijo el Maestro de Galilea, “no solo de pan vive el hombre”. Por eso al caminar por una calle cualquiera de esos países (nuestros ejemplos a seguir) encontramos que un gran déficit de poesía y amor en el rostro tan tenso, tan duro, tan frío, tan calculador de ese ser máquina, subyace una gran necesidad de ese sentimiento de conexión y de intimidad.




No es casual que en las últimas tres décadas tengan una tasa de depresión que no ha cesado de crecer. En los últimos quince años el consumo de antidepresivos se ha duplicado. Cada año se anuncia la próxima oferta para la "salud total", pero el drama sigue sin soluciones.

En la intimidad de nuestro ser ocurren muchas cosas que esperan de uno la escucha y la atención sincera. Esa voz que habla y no habla, casi apagada por los ruidos de los pensamientos, la ansiedad y la prisa, tiene un mensaje que puede ayudarnos a tomar conciencia de nosotros mismos como organismos vivos, el descubrimiento de nuestro cuerpo y de las causa psíquicas de sus alteraciones.

El sistema oferta refugios que van desde las drogas legales como el alcohol, las religiones, el consumismo y la competencia, hasta las ilegales como la cocaína.

Es desde esta realidad que nos toca emerger para abandonar ideologías, adicciones, doctrinas y las demás evasiones que nos distraen y nos llevan a vivir hacia fuera. De este proceso surge un ser humano humilde, dispuesto a hacerse fiel a su esencia, reconciliándose con su naturaleza y evolución para convertirse en devoto de su realización en armonía con el destino y con todo su medio ambiente.



Otra vez reiteramos que estamos en el
no tiempo, que hemos entrado ya en un proceso de cambio planetario indetenible y que puede ser sumamente dramático para la gran mayoría de nosotros. Para ese cambio de dimensión hay que prepararse y la mayoría no estamos todavía en condiciones de responder. En este sentido ofrecemos un conjunto de herramientas diseñadas por nuestro Maestro el doctor Sinn a través del Círculo de Reeducación y Sanación.

El Círculo de Reeducación y Sanación es un espacio de intercambio, lleno de calor comunitario que surge para recobrar el arte sagrado de vivir, para no seguir ejecutando rutinariamente las acciones de cada día. De esta manera, la vida no se muere, porque se convierte en un proceso de aprendizaje interminable, y el ego deja de llevarnos hacia el protagonismo que nos impide ver y sentir el mandamiento de la vida.

Este proceso liberador tiene que llevarse a cabo a través de una conciencia vivencial práctica para no agotarnos en discursos ni en actos puntuales. En este sentido, el grupo es el laboratorio para experimentar, explorar y vivir una experiencia que sirve como alfabetización existencial y liberación emocional.

Cada paso de esta iniciación ha de realizarse con la sanación de nuestras relaciones cotidianas: con la pareja, los hijos, vecinos, compañeros de trabajo y con la naturaleza, para encontrar integralmente el significado de nuestra presencia en la Tierra.